Tras bambalinas te veo, aunque creas que nadie te presta atención.
Te encuentro al costado del escenario, preparando tu teclado junto a Juanito, que está concentradísimo afinando las cuerdas del contrabajo. Das un par de vueltas entre el público que ni siquiera nota tu alta figura entre ellos, debe ser el efecto de la noche adrenalínica y extasiante. Por mi parte, sobresalís en cada rincón, con cada efecto de luces y cada bocanada de humo.
Contemos hasta 3… seremos amiguitos, contemos hasta 6… seremos algo más, contemos hasta 10 si estamos juntitos, celebremos nuestro encuentro corazón con corazón, tarareo cuando te acercás, me mirás raro, te quedás ahí, tan cerca y tan lejos. Media vuelta y a otro lado. Cantás… no cantás… cantás. Alucinada con tu poder de concentración, ya que no podría estar tan compenetrada con algo sabiendo que mil pares de ojos me asechan y sobre todo, ojos como los míos, que no te pierden de vista ni un milisegundo.
Todo termina cuando, después del espectáculo, veo otro… uno peor, ella contra la pared reprochando algo que no llegué a escuchar y vos, con la palma sosteniendo el peso de tu cuerpo contra la misma pared, de frente a ella, justificando algo que entendí muy bien.
Me voy, pero veo que ya no mantenés aquella discusión, estás en el camino entre la salida, la fiesta y yo, esperabas que te salude, pero no creo que te acuerdes quién soy, salgo, escucho cómo saludás a mi amiga, entonces sí sabés quién soy, sí te acercabas, sí me mirabas, sólo que no soy relevante. Ya no estoy de levante.